Lo reconozco y lo digo públicamente y sin tapujos: Tengo envidia de Barack Obama.
Y es que me imagino lo que estará haciendo en este momento en un superfiestón familiar y rodeado de amigos, viendo las fotos de la toma de posesión en el salón de la Casa Blanca, tomándose una cocacola en vaso de plástico blanco servido de una botella de 2 litros y picando unos ganchitos y unas aceitunas que, para la ocasión, pusieron en una mesa debidamente tapada con un mantel de cuadros mientras comentan anécdotas de lo bien que estuvo la ceremonia:
-¿Te fijaste el vestido que llevaba Laura Bush?
-Ay si, fíu. Vilu yo en el escaparate de Meana al 30%. Sentabai como un guante.
Y es que esa sensación que tiene que tener ahora el ya presidente de los EE.UU. (y ahora ya en serio) tiene que ser una sensación impresionante. Ya me gustaría a mi tener una sensación parecida. Que me nombren presidente de algo, de lo que sea y poder celebrarlo como se merece.
El próximo año me presento voluntario a presidente de la comunidad de vecinos y, casi fijo, me eligen. Ya vereis.
