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jueves, 4 de marzo de 2010

Desayunos Calientes (4 de marzo)



Los que tenemos la mala costumbre de desayunar fuera de casa nos damos cuenta que cada día nos enfrentamos a ello como si de un deporte del más alto riesgo se tratara.


Generalmente acudimos a lugares conocidos y donde nos conocen. Donde saben nuestros gustos y caprichos, donde te atienden con una sonrisa (no siempre), donde te leen la mente para que antes de llegar a la barra ya tengas puesto exactamente lo que habías pensado que, casualmente, es lo mismo que pediste durante los últimos 10 años a la misma persona y a la misma hora.


Pero el problema viene cuando tienes que enfrentarte a nuevos escenarios y nuevos gladiadores de la barra (bartenders como les llaman ahora los modernos). Ellos no saben lo qué tomas, no saben cómo te gusta, no saben si quieres que te hablen o prefieres que te ignoren, no saben nada de tí y lo que menos suelen saber es la capacidad que tiene tu lengua de soportar ciertas temperaturas porque no falla, cada vez que desayuno en lugar ajeno me ponen el ColaCao (yo deayuno siempre cola cao) hirviendo, dejando inutilizadas mis papilas gustativas durante un tiempo nunca inferior a 24 horas.


La parte positiva es que ese día puedo comer lo que quiera ya que no distinguiré su sabor. Puedo comer coliflor y pensar que estoy comiendo oricios, o comer un buen chuletón y pensar que son lentejas.
Quizás la próxima vez lo solucione todo si pido leche fría...

lunes, 11 de mayo de 2009

Pequeños Placeres


Uno de los mayores placeres que puede tener el que suscribe es desayunar opíparamente en el buffet de un gran hotel de una capital europea. Digo un gran hotel por decir algo y digo capital europea por lo mismo, que con tal de desayunar, lo mismo me da que sea en Londres, Tokyo o Villafáfila.

En esos desayunos buffeteros uno suele perder la vergüenza hasta el punto de tomar diferentes tipos de frutas, recargar el plato con dosis extra de colesterol en forma de salchicchas y huevos revueltos, otro plato hasta arriba de bollería, una tostada con mantequilla y mermelada y fruta para disimular y salir de allí con la idea de haber hecho una comida sana.

Yo soy de esos, pero no llego al límite de llevar una bolsa para introducir alimentos como vi hace unos años hacer a una british pareja en un hotelito menorquín y tampoco llego al nivel de tener delante de mi uno de los mayores buffets del país y comer sólo un racimo de uvas. Ahora que lo que más me impresionó fué ver en un hotel de Amsterdam un panal con miel de abeja para que te sirvieses tu mismo directamente del mismo. Quizás se le ocurra a alguien poner una vaca para que ordeñemos nosotros mismos la leche...

Creo que si tuviese que elaborar un listado de las cosas que más me gusta hacer en este mundo, esta se situaría entre las cinco primeras.