
Como bien sabéis todos, soy un "repunante" (sin G) para los temas culinarios. No me gusta la cebolla en la tortilla, tampoco me gusta la cebolla fuera de ella, no soporto ver una zanahoria y odio que un guisante invada mi plato. Tampoco quiero saber nada con un huevo cocido, por muy desmigajado que esté y una cosa: SI ME GUSTA EL QUESO.
Pero lo que más sorprende a la gente, y lo entiendo perfectamente, es que no me gusten los huevos fritos...o no me gustasen diría yo porque el pasado fin de semana dí un pequeñito paso hacia la eliminación de esta barrera gastronómica con la que convivo, casi casi, desde que nací.
Gracias al buen quehacer de mi amigo Víctor me pude tomar unos huevitos fritos de codorniz que estaban, cómo decirlo,...EX-QUI-SI-TOS. Los preparó con tanto mimo y tenían tan buena pinta que no podía negarme a probarlos. Estaban allí tan coquetuelos, sobre un trocito de pan y bajo unos pequeños taquitos de jamón y chorizo que era imposible no comerlos de un bocado.
Ahora bien, lanzo un aviso para navegantes: Que nadie pretenda ofrecerme huevos de codorniz porque yo sólo comeré los de confianza y esos sólo son los de mi amigo, que tienen un ingrediente fundamental y difícil de encontrar en la cocina moderna: El cariño.
Que ricos estaban!!!!

