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viernes, 8 de enero de 2010

Navidades Finitas


No sé si decir "por fin" o "que pena" por el fin de las fiestas, pero si me debo decantar por una de las dos lo hago por la segunda.


No cabe duda que son un trajín acentuado, en mi caso, por el trabajo que se multiplica por cien en estos días, que andamos todos bastante acelerados, que desplazarse en coche por la ciudad es toda una aventura que no suele acabar bien, que ir a comprar algo se convierte en un ejercicio de paciencia infinita que sabes cuándo comienza pero no cuándo termina y en el que se pone al estómago en una situación extrema al que no está acostumbrado, pero es que a mi me va toda esa marcha y lo reconozco.


Las navidades, en la vida de cada uno, tienen varias fases. La primera es la fase en la que somos pequeños y la disfrutamos con muchísima ilusión. En esta fase se nos ocultan ciertos "detalles" que hacen que todo sea mucho más mágico y especial y que vivamos una de las mejores épocas que se pueden vivir a lo largo de una vida (permítaseme esta redundancia de la redundancia). La segunda se vive en la adolescencia y aquí pasa sin pena ni gloria y es donde las navidades, dentro de una escala de valores, pasan a ocupar puestos muy lejanos a la cabeza y la tercera la vives de adulto en donde ya aparecen descendientes (hijos propios, hijos de amigos, sobrinos, etc) y donde todo el protagonismo se lo llevan ellos y sólo ellos. Es en esta tercera fase donde se vuelve a recuperar una ilusión que parecía perdida pero que reaparece aún más fuerte de lo que había sido.


Ya sólo quedan diez meses (quizás nueve) para volver a ver por las calles las luces, los escaparates adornados, las ilusiones a flor de piel y volveremos, espero, a hablar de lo mismo. Diez meses que espero sean buenos y en los que viviremos experiencias que, probablemente, ahora ni imaginemos, que escucharemos noticias buenas y malas, que pasaremos frío, calor, que veremos cosas nuevas...y viejas, que beberemos, que comeremos, reiremos y nos enfadaremos, estaremos tristes y pletóricos, etc, etc, etc.


Pero, por favor, que el regustillo que nos quede en diciembre sea bueno.

domingo, 11 de enero de 2009

Domingo frío de enero


Entre las muchas divisiones que se pueden hacer de los gijoneses está la de los gijoneses que recuerdan como los oricios se vendían a paladas y lo que no lo recuerdan.

Yo soy de los primeros pero muy vagamente y para los segundos hago una especie de memorandum: Hace no demasiados años se podían comprar los oricios directamente en un camión que se ponía en la escalera 2 de la playa de San Lorenzo, que es la mal llamada escalera porque en realidad es una rampa y que está situada justo enfrente de las oficinas del Ayuntamiento de Gijón, antigua Pescadería Municipal. El negocio era que tu ibas allí y comprabas los oricios a paladas. Le decías al vendedor el número de paladas y el te las metía en una bolsa, probablemente de las de basura grises de toda la vida, y a veinte duros la palada (por decir un precio, ya que no lo recuerdo). En caso de lluvia la venta se realizaba en los soportales de la citada Pescadería Municipal y la pala era una pala de obra de las de verdad. De ahí a casa y a comer uno de los alimentos probablemente mas sanos que existen.

Y me acuerdo de estoy hoy, domingo frío de enero, porque era el día en el que yo veía esas operaciones de la que iba a misa de diez a San Pedro con mis padres. Aquello era un ritual del que yo tengo un cariñosísimo recuerdo. Íbamos a misa de diez y a la salida nos íbamos a desayunar al San Xuan previo paso por un kiosco de prensa de la calle san Bernardo, cuyo nombre no recuerdo, donde mi padre se compraba los periódicos con su debido suplemento y yo un tebeo. El San Xuan ya no es lo que era (hace ya bastantes años que dejó de ser lo que era en un principio) y yo me quedé con la costumbre dominical de comprar prensa y suplementos.
Costumbre que hoy cumpliré de nuevo...