
Cuando hay hambre, hay un plato que suele ser bien recibido por los estómagos rugientes: Un pinchín de tortilla de patata calentina con un buen trozo de pan, que podemos acompañar de un chatín de vino para pasarla mejor, pero por favor, que no lleve CEBOLLA.
Sé que esto no goza del beneplácito de mi audiencia, pero es algo que defiendo desde mi primera tortilla y lo seguiré defendiendo digan lo que digan. Sólo conozco a dos personas que opinan como yo, que son mi hermana y mi amigo Alejandro y estamos pensando en montar algo así como "Cebolleros Anónimos" dado el acoso al que nos vemos sometidos constantemente.
La tortilla cebollera tiene un saborcillo tirando a dulzón que a mi entender la estropea. Se nota y mucho y hasta el color es distinto y no me valen afirmaciones del estilo de:
"Pero si no se nota", "Tómala que sabe igual que la otra" o "Está la cebolla muy picadina y no se nota nada". Pues si no se nota, ¿Para qué la echas? (me pregunto yo mentalmente).
Con el paso de los años, debo reconocer que mi tolerancia va en aumento y si hay mucha fame, lo mismo me da que tenga puerros, ajos o pimientos choriceros que me la como igual, pero si carece de cebolla lo agradezco.
De todas formas lo de la tortilla es muy personal, ya que a unos les gusta caliente, a otros que esté hecha del día anterior, a otros jugosina y alguno que sea como un ladrillo. Hay quien la rellena, quien la toma con leche o con cocacola.
Pero soy un raro especimen y lo reconozco. No soporto la cebolla, pero bien de aros de cebolla que me como a dos carrillos sin hacerles ascos. Si es que no tengo remedio...
