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miércoles, 21 de julio de 2010

Que nenes tan ricos...



Hay una costumbre pedagógica que no acabo de entender muy bien y es la de desentenderse del papel de firme educador para pasarle la misión a un desconocido que nada tiene que ver con ellos. Venga, vale, me explico mejor.

Esta tarde estaba yo en mi lugar de trabajo disfrutando a más no poder de mi jornada laboral cuando aparecen por la puerta una señora y un niño en silla. Un niño bastante insoportable (vamos a hablar claro) que tendría unos cuatro años y cara de mala leche (¿acaso nadie conoce al típico niño que tiene cara de adulto malhumorado?. Este era uno de ellos). No hacía más que gritar con lo que a la señora no se le ocurre cosa mejor que amenazarle con que “si no te callas te riñe el señor” (el señor era yo).

Vamos a ver señora (seguro que lee este blog): En primer lugar yo soy un señor por dentro, pero por fuera soy un chavalete con aspecto juvenil que no aparenta más de 19. En segundo lugar no me cargue usted a mí el sambenito de tener que poner cara amenazante al nene para que esté usted tranquila y se calle el chaval porque esa no es mi misión aunque usted lo pretenda, y en tercer lugar le agradecería que no me enemistase a ese nene tan rico, porque menuda cara malhumorada que tenía y a ver si va a tomar represalias cuando sea un adolescente cercano al botellón.

Así que cada uno que eduque a quien le corresponde, que lo haga lo mejor posible por el bien de todos, pero que a mi no me manden educar a desconocidos malhumorados porque no pienso. Eah.






(No me puedo quitar de la cabeza la cara de ese nene tan rico. Creo que necesitaré ayuda de un profesional)

domingo, 9 de mayo de 2010

No me matéis


Podéis dejarme en mitad de un desierto sin una gota de agua, podéis colgarme de la rama de un árbol desnudo boca abajo durante 15 días y 15 noches, podéis atiborrarme de tortilla de patata con triple ración de cebolla e incluso podéis llevarme a ver un concierto de Fran Perea acompañado por los Santa Justa Klan, pero por favor os pido que nunca nadie me vuelva a llevar al circo, al menos al que me tocó ir hoy.

Ya iba yo de mala gana porque, para mi, el circo no es circo desde que, hace algunos años, me desilusionó comprobar que Orzowei, ese mito viviente al que iba admirar con toda la ilusión de este mundo, también se dedicaba a vender números de una rifa, entradas en la taquilla y sabía domar felinos. Desde entonces no había vuelto a pisar una pista circense ni ganas que tenía, pero hoy me vi obligado por cuestiones filiales.

Y es que, además, barato lo que se dice barato no era. Puedo garantizar y garantizo que pagué menos dinero por ver en directo a los Rolling Stones que por ver a un descolorido y grisáceo Bob Esponja.

Todo esto me da pena y me da pena porque estos circos que circulan por medio mundo y que de vez en cuando aterrizan por las pequeñas ciudades nada tienen que ver con los verdaderos espectáculos que aún existen (pocos) y en cierto modo desprestigian a la profesión, ya desprestigiada de antemano, cuando no debería ser así.

Hace pocos días leía un artículo sobre la figura de Ángel Cristo y en ese artículo se hablaba del domador y de la persona previa a esa vida de colorín que le tocó vivir junto a Bárbara Rey. Se podía comprobar perfectamente que, no hace tantos años, el circo si era el mayor espectáculo del mundo y que Ángel Cristo era uno de sus grandes valores. A uno de esos circos si volvería, pero nunca, a una imitación como la de esta tarde.

Que sopor....