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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Otra de marketing


De todos es sabido el cariño que le tengo a la ciudad de Madrid, quizás la tercera ciudad del mundo en la que yo he pasado mas tiempo de mi vida, después de Gijón y Salamanca, desde que ya de muy pequeño me iba a tratar mis problemas alérgicos a un médico del que sólo recuerdo que tenía su consulta en la calle O´Donnell y que cada vez que iba me caían, como mínimo, veinte pinchazos en cada brazo para detectar a qué sustancia era yo alérgico.

En uno de aquellos viajes de hace ya más de 30 años, recuerdo que paseando con mi padre por la calle Velázquez y justo al lado de aquella antigua confitería donde mi abuela nos compraba unos caramelos con forma de bocadillo de chorizo que eran muy graciosos se alzaba una tienda, que no me atrevo a aventurar qué vendía, y en cuya fachada colgaba el cartel con el mensaje que más impacto publicitario causó en mi mente a lo largo de mi ya extensa vida: “NO COMPRE AQUÍ. TODO ES MUY CARO”. Mi primer pensamiento, entonces, era que se habían vuelto locos, que eran malos comerciantes y que acabarían cerrando el negocio debido a que los obedientes ciudadanos harían caso del mensaje y comprarían en otros lugares a precios más populares.

Pero que equivocado estaba. La gente se agolpaba ante los escaparates para ver lo que era tan caro, comprobar que no lo era tanto y, de paso, el comerciante había conseguido su objetivo que no era otro que acercar a todo paseante a contemplar su cristalera, ver el género que vendía y, oye, seguro que a alguno le interesaba y entraba a comprar ahí donde un cartel le aconsejaba que no lo hiciese bajo ningún concepto.

Al final, me quedé sin saber lo que vendía esa tienda porque mientras la mayoría trataba de averiguar si realmente todo era tan caro como prometía, yo me quedaba extasiado antes aquellos bocadillos de chorizo hechos de caramelo de la confitería de al lado…

sábado, 21 de noviembre de 2009

Olor a Ciudad


Las ciudades tienen olores, pero no me refiero a olores poéticos del estilo de "huele a vida..." sino del estilo más real, del tipo de olor que nos entra por la nariz y nos puede traer recuerdos, agradar o desagradar, pero que no pasan desapercibidos. De ese tipo de olores.


Y digo esto porque esta mañana, la ciudad desde la que escribo (Gijón) me olía mucho a Madrid. Es curioso porque son ciudades bastante antagónicas en lo que a clima y características se refiere, pero es que me olía a Madrid. y ¿a qué huele Madrid?; Pues no sabría explicarlo, porque para mí nariz, Madrid tiene un olor característico que no sabría definir. Es un olor agradable, un olor tirando a seco y que rápidamente se asocia con la mente para traer buenas sensaciones primaverales u otoñales, que son las que más me gustan de la capital.


Creo que tengo buena memoria olfativa y eso me permite hacer este tipo de comparativas y me permite afirmar con rotundidad que en los tropecientos años que ya tengo, nunca había tenido esa sensación y nunca esta ciudad me había olido a otra cosa que no fuese Gijón, igual que Madrid siempre me olió a Madrid, Barcelona a Barcelona, León a León y Munich a Munich.


¿A qué se debe este intercambio oloroso entre ciudades?. Pues bien a que el clima debe estar cambiando y demostrado queda cuando a las siete de la mañana de un 21 de noviembre, más cercano al invierno que al otoño, la temperatura en la calle alcanzaba los 19 grados, a que mi nariz ya no es del todo fiable o bien a las ganas que tengo de ir a pasar unos días de ocio a esa ciudad. Algo muy recomendable en esta época del año para los que no vivimos allí y para una estancia que no sea superior a 2 o 3 días.


Rectificación del sábado a las 19:00 horas: "Gijón ya no huele a Madrid. Ahora ya huele a incómoda y fastidiosa lluvia, a asfalto mojado, a sensación de frío. Lo de esta mañana solo ha sido cuestión de pocas horas".

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Madrid


Este fin de semana lo pasé en una capital europea. Queda muy bien y muy snob decir eso y no miento, porque este finde estuve en Madrid.

Madrid es una ciudad que potencia tu estado anímico. Si estás de mal humor te conviertes en ogro y si, por el contrario, estás de buen humor pasas a ser la persona más feliz del mundo (igual exagero un poquito, pero ahí se anda).

Es una pena que no haya parado de llover, pero eso no nos impidió hacer turismo al más puro estilo pueblerino. Dimos un paseo por la zona de Sol en busca de elementos navideños. Estaba todo hasta arriba. Las Administraciones de Lotería tenían unas colas de muuuuchos metros, los bares hasta la bola, las tiendas completas y la calle como un hormiguero. Además había sitio para que los republicanos celebrasen una manifestación por la calle Alcalá que hacía imposible desplazarse en coche. Todo cortado.

La iluminación navideña que en esta ciudad desde la que escribo tan tristemente de moda se está poniendo en los últimos años, era impresionante. Mucho color, mucha luz, árboles enormes de diseños modernos. Una pasada para un pueblerino como era yo en ese momento. Daba gusto pasear viendo eso, aunque sea bajo la molesta lluvia.

A la hora del tentempié pude comprobar algo que siempre había oido, pero que no me parecía cierto: En Gijón no saben echar una caña. Y es verdad que en Madrid te pides una caña y sabe distinto, tiene presión, espuma espesa. Desconozco la diferencia porque la cerveza es la misma y la temperatura, me imagino, vendrá regulada, pero sabe distinta. Mucho mejor allí que aquí. Mira que soy un defensor de esta ciudad y lo que pasa en ella, pero en las cañas no hay nada que hacer.