
Feliz agosto, guapos!!!
Hoy me empapé de Gijón, de mi Gijón de siempre, del que más significó para mí, porque las ciudades, al igual que las personas, tienen épocas y yo hoy pude disfrutar del Gijón más importante de mi vida, del que hace unos años me vio crecer y que, aunque no tenía ni mucho menos olvidado, si hacía tiempo que no le hacía caso. Espero que algún día sepa perdonarme.
Y es que esta misma mañana me planté antes de las diez en el centro de la ciudad y decidí, junto a mi hijo pequeño, dar un paseo de esos que daba y vivía intensamente hace 15 o 20 años. Para empezar, mis pies me llevaron por el muelle hacia la rula. Allí se encuentra unos de mis rincones "secretos" favorito. De ahí y subiendo por la Cuesta'l Cholo avanzo por el “Nordeste” hasta un maravilloso paisaje como es el Cerro de Santa Catalina. La vista y la tranquilidad que allí hay son asombrosas. Creo que no exagero si digo que hace casi 20 años que no hago ese paseo y, de verdad, las sensaciones (de paz), sonidos (del mar) y olores (a salitre y hierba) son exactamente los mismos. Algo ha cambiado del paisaje, pero poquito y para bien.
Después y tras un buen rato contemplando el horizonte atravesé el Cerro bajando por la cuesta de la Iglesia de San Pedro y avancé por el Muro hacia el Piles. El día de hoy, para quien no esté aquí, es de esos días típicos gijoneses que amanece grisáceo pero muy agradable, que cercano al mediodía empieza a clarear para dar paso a un buen día de playa y eso parecían saberlo los cientos de personas que a esa hora ya disfrutaban de la playa, se bañaban, paseaban por la orilla o jugaban al fútbol sobre la arena.
De verdad que hoy pude disfrutar de un maravilloso placer y que tengo la suerte de tenerlo ahí, al alcance de mi mano....y de la vuestra. La pena es no haberlo hecho en estos últimos años, aunque la verdadera pena hubiese sido no habernos reencontrado nunca.
Hoy era fácil distinguirme: Yo era el de la enorme sonrisa en la cara.
Nota del autor: Pongo la foto de un "pantera rosa". Nunca me gustó ese pastelito y siempre me dio mogollón de repelús, pero a la gente os encantaba. Yo era más de Gitanito Ortiz.
No tengo ni idea qué maldita civilización habrá decidido que nuestra vida había que medirla en lunas, soles, años, meses, semanas, días, horas, minutos,... , pero, desde luego, se cubrieron de gloria.
Vivimos esclavos del tiempo, de la hora para comer, la hora para cenar, la hora para marchar, la hora de volver y mi conclusión de este fin de semana es que yo no quiero eso. No quiero que pase el tiempo tan rápido cuando estoy viviendo algo maravilloso, cuando estoy disfrutando deseo con todas mis fuerzas que ese tiempo se congele y no corra tanto, porque ese tiempo va a velocidades imposibles de alcanzar y porque sabes a ciencia cierta que se terminará. El mismo tiempo que apenas corre cuando la vivencia no es buena, vuela cuando es algo maravilloso y que, seguramente, pasará tiempo (siempre tiempo lento) hasta que se vuelva a repetir.
En mi caso y en esas ocasiones me pasa una cosa que no me gusta, pero que no puedo evitar: Me bloqueo completamente y por culpa de estar pensando que el maldito y escaso tiempo está pasando, las palabras me quedan dentro, todo lo que quiero hacer no sale y luego me arrepiento de no haber aprovechado ese tiempo como realmente me hubiese gustado hacerlo.
Sé que no puedo hacer nada y que el tiempo seguirá pasando para bien y para mal. Lo que tendré que hacer, sin duda ninguna, será olvidarme y disfrutar a tope del momento para luego no arrepentirme de no haber disfrutado todo lo que yo hubiese querido. De todas formas, siempre quedan los recuerdos, los buenos recuerdos.